El timbre lo extrae de sus divagaciones existencialistas. Al atender la puerta, dos policías irrumpen en la habitación y proceden a detenerlo. Su rostro coincide con el identikit de un violador serial, le explican. En la comisaría, le pintan los dedos y lo encierran en una celda. Los demás presos le arrojan besitos, le dicen piropos obscenos.
–Ninguna escritora es tan cruel –considera sumamente aterrado. Probablemente se trate de... no sé, otra clase de escritor, a lo mejor de un escritor... gay. Sí, podría ser un gay. A ese tipo de gente le gusta describir escenas de sexo grupal, de violaciones...
Temblando, nota que se está refiriendo a los gays en términos de gays, no de mariquitas ni de trolos ni de putos, como haría en otras circunstancias. El detalle le parece típico de la literatura... gay. De repente, una mano se apoya en su hombro.
–No –ruega entre dientes, prometo no hacer más chistes. Hasta puedo, qué sé yo, leer poesía, ir a museos, hacer esas cosas de homosexuales. ¿Viste? Ahora les digo homosexuales. ¿Te das cuenta?, estoy cambiando... Por favor.
–Dejá de llorar –le ordena el oficial. Revisamos tus antecedentes. Te podés ir.
En la calle, las palomas parecen empeñadas en cagarle encima. Se toca la cabeza diciéndose que hay un límite; ya no le interesa si es escritor, escritora o gay: si la novelita sigue así, se va a volver loco. Aunque, ahora que lo piensa, el personaje del loco en la literatura suele ser interesante; casi siempre es un genio, alguien incapaz de adaptarse a las reglas. Pero también es cierto que, a veces, el loco encarna las ideas del autor, y él se niega rotundamente a ser portavoz de semejante degenerado de la palabra.
No señor. Él quiere ser libre. Por eso, cuando regresa a la casa, cierra puertas y ventanas, apaga las luces, se encierra en su habitación y saca el revólver del ropero. Después de revisar la carga, se lo mete en la boca y dispara.
Cuando abre los ojos, Gloria está sentada a su lado.
–¡Te suicidaste por mí! –llora la mujer– Mi amor, mi bebé...
El personaje tiene la mirada perdida. También llora. Esto es inverosímil, una historia de porquería, un insulto para el lector. Nadie se salva de un tiro en la cabeza. ¿Y ahora qué? ¿Quedará paralítico? ¿Con alguna disfunción mental? ¿Qué más, a ver?
–Hablé con Vicky y con Justa –prosigue Gloria, y ellas también te quieren.
Las palabras de su mujer rebotan en sus oídos. Está cansado. La situación se ha tornado insoportable; sea cual fuese el argumento del relato, es una vulgar fantochada.
–Estuvimos hablando con las chicas y queremos hacer una “fiestita”. Cuando te recuperes, ¿entendés? –dice Gloria mientras mete sus manos por debajo de las sábanas.
El personaje duda antes de hablar.
–Ya entiendo –dice después de un tiempo. Querés reconciliarte...
Y, si bien Gloria le jura que reconciliarse con él es lo que más quiere en la vida, el personaje no se dirige a ella, sino al autor.
David Voloj
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